En incontables ocasiones, el
hombre cavisbajo había pasado por la salida de aquel lugar sin darse cuenta.
Con su mirada clavada en el piso y cansado de dar vueltas a las que no les
encontraba sentido ni orientación, estaba a punto de echarse a llorar. Se
preguntaba una y otra vez que como había ido a parar a aquel laberinto, que
nunca había visto en su cotidiano transitar por el camino que lo llevaba a su faena
diaria. Había intentado pedir ayuda dando gritos, pero había sido inútil, nadie
atendía a su llamado. Había corrido y caminado en uno y otro sentido una y otra
vez, colocando marcas para no volver a pasar por el mismo lugar. También había
sido inútil. Intentaba recordar, en qué punto del camino había entrado en aquel
intrincado laberinto, para ver si así podía encontrar una solución a su
situación. Ya dándose por vencido, se tumbó en el piso, cansado física y
mentalmente, y lloró un rato con las manos puestas en su rostro. Quedándose
dormido, soñó que era un ave que volaba velozmente surcando el cielo. Cuando
despertó dirigió su mirada hacia arriba, aunque no tenía ni idea de cuánto
tiempo había pasado en aquel lugar, aún era de día y el sol brillaba en un
cielo muy azul. Se puso de pie y sin dejar de mirar hacia arriba comenzó a
caminar, en ese momento se dio cuenta de que todo el tiempo había estado
siguiendo las paredes del laberinto, que no había levantado su mirada más allá
de unos cuantos metros delante de sus pasos. Comenzó a correr sin dejar de
mirar las aves que volaban en lo alto y enseguida, para su sorpresa, encontró la
salida la cual pudo ver a lo lejos, remontando la mirada por sobre las paredes
del laberinto. Se dio cuenta que cambiando de perspectiva había cambiado su
circunstancia.
domingo, 15 de marzo de 2015
domingo, 22 de febrero de 2015
LA CASA DE LAS MUÑECAS
Eran todas muy hermosas, angelicales y casi mágicas.
Extasiada ante tanta delicadeza no podía dejar de mirarlas y admirarlas.
Aquella casa era encantadora, rodeada por un amplio jardín de flores y plantas
de los mas variados tipos, decorada con un gusto conservador con muebles de
madera de tea y tapetes bordados por doquier, tenía grandes ventanas y puertas
e innumerables habitaciones y ambientes.
Las muñecas estaban por todas partes,
vestidas con hermosos trajes vaporosos de diferentes colores y texturas,
encajes, tules, cintas, adornos en sus cabelleras y accesorios formaban parte
de sus vestimenta. Estaban colocadas en las camas, sobre cada mesa y repisa, en
los muebles y las sillas, sobre los recodos de la escalera, en la cocina y
hasta en el jardín.
La mujer
preguntó: -¿Cuál escoges? -La miré sorprendida, pues no podía creer lo que me
ofrecía. Entonces, ella dijo: -Ya que has venido hasta aquí tienes que llevarte
una muñeca, esa es la norma para todo el que visita esta casa-. Todavía sin creer
lo que me decía, inexplicablemente miré a mi alrededor una y otra vez, di
algunos pasos a la deriva y escogí la del vestido amarillo, con larga cabellera
rubia y grandes ojos marrones. En sus manos tenía una margarita.
La mujer dijo,
-has hecho una buena elección. Ahora iré a los registros y veré cuál es su
nombre-. Mientras esperaba a la mujer no dejé de mirar a aquella muñeca.
Enseguida regresó y con voz dulce y una sonrisa muy segura me dijo: -Su nombre
es Ana-. Mientras salía de aquel encantador lugar con la muñeca entre mis
manos, no podía dejar de pensar en sus palabras: -"Has hecho una buena
elección"-. No salía de mi asombro ya que la preciosa muñeca se llamaba como yo.
EL PEQUEÑO PUERTO AZUL
Después de aquella terrible semana en alta mar llegaron a
aquel pequeño puerto. Con muchas horas de navegación y de agotador trabajo sobre
sus espaldas, y sin dormir, sus cansados ojos no daban crédito a la quietud de
aquel acogedor panorama. Eran las siete de la mañana y la calma y el silencio
los recibieron con desparpajo y arrojo. Se miraron unos a otros extrañados de
no encontrar rastros en aquel lugar de la feroz tormenta que los azotó durante
días y que pareció perseguirlos en su travesía por el océano. Cuando le
preguntaron al marinero que los ayudó a atracar su barco que cómo habían pasado
el temporal en aquel sitio, como respuesta recibieron una interrogante y
una expresión de incredulidad. El canto de las gaviotas contrarrestaba el sonido
de la mar embravecida que todavía rugía en sus oídos, y al divisarlas colocadas
una al lado de la otra en una larga hilera sobre el gran cartel que distinguía
el nombre de aquel bonito lugar, bajo un cielo muy azul y arropadas por la monotonía
del amanecer sintieron alivio en sus maltrechos sentidos, acto seguido les
invadió la sensación de que el mundo se había quedado anclado y permanecía
estático en ese punto del Atlántico. Una vez atracado su velero, se dispusieron
a desembarcar para asearse un poco e ingerir algún alimento.
El pequeño puerto azul, como había decidido llamarlo, al
que llegaron empujados por la tormenta, era simplemente encantador y allí
estaba ella, con su larga cabellera morena movida por la ligera brisa marina,
saludando con su mano extendida y con una amplia sonrisa en su rostro. Pedro
giró la cabeza para saber a quien saludaba la chica y entendió cuando vio que
el fotógrafo no dejaba de disparar su lente fotográfica. Sus compañeros de
tripulación y él tomaron el desayuno en un restaurante ubicado en el segundo
piso de la torre de control en una amplia terraza con piso de azulejos de
colores y con vista al mar. Un espléndido sol que asomaba entre las nubes los acompañó
en su comida. La morena de cabellera larga se acercó hasta donde estaban ellos,
su piel de ébano brillaba y su juvenil sonrisa inundaba todo el lugar.
Fotógrafo y chica no desaprovecharon la belleza del sitio y la luz espléndida
que proveía el sol naciente a esa hora de la mañana, para tomar numerosas fotos
desde distintos ángulos, con lo cual embellecieron aún más el agradable
panorama que se desparramaba por doquier.
Una ducha de agua caliente les devolvió la vida. A medida
que avanzaba la mañana, aquel puerto despertaba de su letargo nocturno, y
efectivamente pudieron cerciorarse de que al menos en muchas semanas no habían
tenido ni tormentas ni temporales por allí, así que a esas alturas de los
acontecimientos casi se podían reír de sí mismos y de su propia paranoia cuando
llegaron al lugar para resguardarse del temporal.
Una vez que descansaron lo suficiente, decidieron quedarse
un par de días en aquel puerto. El pequeño muelle, cinco pantalanes, una decena
de restaurantes, la torre de control rodeada de hermosas terrazas, los
servicios a lo largo del puerto, una entrada con un pequeño espacio que hacía
las veces de centro comercial, y todas las dependencias pintadas de ese azul
que asemeja el azul del mar, hacían de aquel pequeño puerto, un lugar hermoso.
Los barcos de tránsito, los centros de buceo, el catamarán turístico, las motos
de agua y la faena de los pescadores del lugar salpicada de rasgos autóctonos
de la zona le daban vida y deleitaba los sentidos.
Hoy con la foto entre sus manos, recuerda el día que
zarparon muy temprano en la mañana, la misma calma y silencio que los recibiera
el día que llegaron, los despidió. La guapa morena le había regalado una foto a
propósito de una agradable tertulia que tuvieron la noche anterior de su
partida en uno de los restaurantes del lugar. Pedro, con el ímpetu de sus
veintiún años, se había quedado prendado de la cabellera larga, de la amplia
sonrisa y de la imagen de la hermosa chica que desde la terraza de la torre de
control los despidió con su mano extendida.
EL CONCERTISTA
Faltando poco para dar comienzo a su presentación, pidió que
le dejaran solo. Sentado a la orilla del sobrio sofá, ligeramente inclinado
hacia adelante, con sus codos apoyados en sus piernas, asido a su instrumento
que lo había acompañado durante muchos años en su transitar de músico
desconocido, no supo cuanto tiempo estuvo en aquella elegante antesala, en
penumbra y con muchos recuerdos arremolinados en su memoria. Quería estar consigo
mismo y detenerse allí, justo en ese momento que consideraba tan importante como
el concierto mismo.
Quería saborear y digerir que estaba en la hora y el día
señalado. Tenía la necesidad de sumergirse en ese instante, para experimentar
esa sensación del momento previo, que imaginó tantas veces de mil maneras y así
poder eternizarlo en su memoria. Era él al que todos esperaban para el gran
concierto, anunciado y publicitado muchos meses antes en aquel renombrado y
prestigioso teatro. Se repetía así mismo una y otra vez: –ya estoy aquí-.
Había llegado el gran acontecimiento de su vida, tomaría
parte en la ejecución del concierto como solista y sentía muchas emociones
encontradas dentro de sí. Su nombre figuraba en la gran marquesina, había
ensayado con la prestigiosa sinfónica muchas horas y lo que otrora parecía una
aspiración ilusa se convertía por fín en una realidad. En ese momento
comprendía muchas cosas.
Se dio cuenta que sonreía, cuando el flash de la cámara lo
sacó de sus cavilaciones, lo que hizo que se levantara automáticamente para
dirigirse a donde le esperaban; se oyó una voz audible decir: -EL CONCERTISTA,
ya viene-. Y mientras caminaba y escuchaba los aplausos, seguro estaba que el
camino transitado como músico desconocido adquiría más vigencia y relevancia
que nunca y que era ese camino, el que le daba vida a aquel acontecimiento.
jueves, 15 de enero de 2015
EL LIBRO DE LOS SECRETOS
Cada vez que abría el libro algún secreto se escapaba, por lo tanto, iba con sumo cuidado a la hora de hacer la selección. Era un consumado lector y un asiduo usuario de aquella pequeña biblioteca así que todos los viernes, iba en búsqueda de un nuevo libro para el fin de semana.
Según su experiencia, ya que en varias ocasiones se había topado con el susodicho libro, este tenía la particularidad de no poder ser visto. Los secretos que contenía, tenían la habilidad de mantenerlo oculto así que fácilmente podía caer en las manos de cualquier usuario de la biblioteca.
Tenía la certeza de que él no era el único que había sido víctima de aquel libro, sino que por el contrario, los demás usuarios de la biblioteca al igual que él, mantenían en secreto el haberlo descubierto.
Los secretos podían ser de varias clases: Existían los secretos voladores, que por la velocidad de su vuelo se volvían inalcanzables, estaban los secretos escurridizos de esos que caen en cualquier punto y se deslizan con facilidad, también los había de los que se esconden en el bolsillo y van a todas partes con uno, los secretos íntimos iban de incógnito y los secretos misteriosos eran los más difíciles de descubrir y los más de temer. De todas maneras, fuera cual fuera la clase de secreto, lo cierto y seguro era, que ejercían una poderosísima influencia y magnetismo sobre el lector de los que no se podía escapar, y generaban una gran expectativa por descubrirlos y resolverlos.
Nunca podrá olvidar su incidente, con el secreto de amor que se escapó, al abrir el libro la primera vez que cayó en sus manos. Recuerda claramente que caminando despacio por el último pasillo de la izquierda, leyendo uno a uno los títulos y autores, deteniéndose en alguno que otro libro para ojearlo, no supo cómo ni cuando, se encontró repentinamente con EL LIBRO DE LOS SECRETOS entre sus manos.
Al abrir el libro, aquel secreto de amor saltó sin aviso y sin protesto sorprendiéndolo enormemente, lo que le hizo dar un tras pies y cerrar el libro abruptamente, produciendo un sonido fuerte, con lo cual algunos usuarios de la biblioteca le pidieron mantenerse en silencio.
Pasó meses enteros ocupado, primero en evadirlo y luego, ya no teniendo más remedio, en descubrirlo. Cuando por fin logró resolver aquel secreto, ya había reunido el suficiente valor para declararle su amor a la guapísima bibliotecaria, que ocupaba su corazón desde hacía mucho tiempo atrás.
No era muy frecuente toparse con aquel libro, pero él había tenido el cuidado de no dejar sin descubrir ni resolver el secreto que se escapaba cada vez que lo había abierto, pues ya había sido víctima de las consecuencias de no hacerlo.
Estaba seguro que algún secreto misterioso se había escapado y andaba suelto por allí y pensaba que hasta que no lograra ser descubierto y resuelto por el lector al que se le había escapado, EL LIBRO DE LOS SECRETOS no dejaría de hacer de las suyas en aquella pequeña biblioteca, pues creía firmemente que el secreto misterioso sin resolver le daba un enorme poder a aquel enigmático libro.
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